Posteado por: kikoprieto | Febrero 8, 2010

La miseria de la libertad como autonomía.

A raíz de algunos comentarios hechos por Anarel tanto en este blog como en otros, en el que venía a justificar que en el fondo es él el que decide sobre su propia vida, quisiera reflexionar sobre algunos puntos que considero vitales para comprender el alcance de tal metapropuesta u opción vital:

1º. Es inpensable pensar al hombre en soledad.

2º. Todo ser humano nace necesitado, limitado. Al contrario que la mayoría de los mamíferos es un ser que necesita ser asistido en sus primeros años de vida: el hombre nace prematuro.

3º. La libertad no es exáctamente equivalente a autonomía personal, atendiendo al propio significado etimológico comprendemos que auto -nomos (el auto regirse) es impensable sin la existencia de los demás y de la educación. Más que autonomía habría que hablar de responsabilidad, y esto recoge la libertad como presupuesto del obrar.

4º. La inelectible objetivación de la cuestión sobre la felicidad en cada cuál, no es una opción preferencial, ya que no es de suyo pensable que cada cuál pueda vivir de forma plena a la forma cualquiera de crecer. Es lo mismo que decir, que no se crece de cualquier manera y no cualquier manera de crecer es la correcta.

5º. Si el fin objetivo de la vida es su plenitud, lo que llamamos felicidad; es pensable que la clave o llave de la existencia se llama libertad “bien gestionada”. Porque la libertad no es, como antes se ha dicho, la región de la posibildad, sino el medio y canal del crecimiento. No es posible no crecer, y sin embargo, se puede crecer mal, torcido.

6º. Sobre qué medios son necesarios, qué fines parciales, nos llevan al fin objetivo y también subjetivo de la existencia, se ocupa la ciencia de lo ético. Pues el hombre, ser ético en sí mismo, puede y debe regir su propia existencia a fin de alcanzar la felicidad.  

7º. Pero no está solo. Puesto que tal fin antes mencionado, no es algo que se pueda elegir o no, es necesario plantearse también qué fines particulares son por sí mismos fatales para el crecimiento maduro de la vida humana.

8º. La vida humana no evoluciona, propiamente hablando; evoluciona, si se quiere el componente biológico, corporal: pero no evoluciona com

o una especie, sino como individuo, como persona. La vida humana crece. La historia acontece, ni crece ni evoluciona, simplemente sucede.

Francisco Prieto

                                                     Introducción

                  El ser humano es algo completamente diferente a cuantas cosas podamos encontrarnos. Por eso, con Aristóteles, podemos decir: “el hombre es de alguna manera todas las cosas”. No solo porque de alguna manera al conocer algo se haga eso mismo que conoce, sino que además en cada cosa que hace o quiere deja su impronta personal, como el signo de distinción del artista, su firma.

                 Todo ser racional se connaturaliza con la realidad al conocerla, la realidad se hace parte de sí, se familiariza. Porque no hay mayor realidad de uno mismo que su propia familia, como ya dijimos en anteriores post.

                 En la realidad podemos establecer al menos dos tipos muy claros de formas de ser: las cosas que subsisten por sí mismas (etimológicamente substancias, substare) y los que necesitan de otro ser para existir (accidentes), o que adolecen de entidad suficiente para ser autocosistentes, es decir, que se auto-contengan en sí mismos, aunque propiamente ningún ser se auto-contiene a sí mismo, pues todos dependen en el ser de otro ser –pero eso ya es otro tema.

                  De tal forma podemos dualizar la realidad que hasta la forma de acceder a la misma la llamamos de forma vulgar “ser de ciencias o ser de letras”. Y esto me sugiere dos posibles temas sobre los que tratar: si en efecto, se es solo de letras o solo de ciencias, o lo contrario; y si es posible que tal cosa sea resultado de un prejuicio de la razón que divide absurdamente la realidad entre empírico-positiva y especulativo-teórica.

                 Sobre el primer punto hay que pararse, como siempre, a definir exactamente que es “ser de ciencias” y “ser de letras”. Propiamente “ser de ciencias” equivale a tratar de acceder a la realidad indagando e investigando las causas materiales de la realidad. Tópicamente el sujeto de ciencias se maneja a gusto con los números, con los signos y las magnitudes físicas, además que es docto en tareas de observación y manipulación directa de medios e instrumentos. También se caracteriza a la persona “de ciencias” como una autentica máquina de clasificar cosas: define factores o criterios de clasificación y establece diferencias y semejanzas por doquier, y elabora sus listas de clasificaciones, prueba de ello es la Tabla Periódica de los Elementos, elaborada inicialmente por Dimitri Mendeleiev, siguiendo los anteriormente detallados pasos.

                         A todo esto, aparentemente, se opone el modelo de persona tipo “de letras”. Tal modelo propone un estilo retórico-literario. Podemos establecer que la persona de letras es la que se maneja con todo tipo de lenguajes: verbaliza la realidad, delimitado conceptos. Sistematiza el lenguaje, establece horizontalidades y verticalidades, profundiza sobre aquello que conoce. Además, podemos mostrar a la persona “de letras” como una docta en relaciones humanas. Tales modelos de persona concuerdan con personalidades de inteligencia emocional de alto nivel, capacidades sociales, respuestas e intereses de alguna forma “meta-humanos”.

               Definidos ambos modelos podemos concluir que en realidad nadie es solo de ciencias o solo de letras, ya que en el fondo ambas cosas son lo mismo –si como en otro momento veremos se admite que existen dimensiones de la realidad diferentes a la sola-materia.

               En el fondo se trata de establecer que se puede ser coherente con la realidad de las cosas siendo un científico humanista o un buen filósofo que valore el arte científico.

                 Trasladando el tema al ámbito de la educación, por otra parte, lugar común en el que se define más claramente esta idea que quiero transmitir, se puede trabajar desde una óptica muy práctica a la par en sintonía con el recto sentido de la realidad, de tal forma que esta no quede acotada y limitada, una realidad que sea justa con el propio ser del hombre, que como hemos visto al principio, es de alguna manera todo cuanto existe.

Posteado por: kikoprieto | Noviembre 30, 2009

El lenguaje como la expresión del espíritu trascendente.

Rompo el silencio, sentando las bases de mi quehacer cotidiano. Es cierto, este blog, en gran medida depende de aquellas cosas que de modo ordinario leo y pienso. No se trata de una fundamentación sistemática y académica. Se trata de ofrecer un conjunto de verdades de claridez y sinceridad argumental a fin de ofrecer una vía alternativa para el actual estado del pensar.

Y precisamente pensando sobre esto he llegado a la conclusión de que todos deberíamos leer y pensar filosóficamente, es decir, de forma abierta y con vistas a crecer. Pues yendo desde la misma noción de vida a la principal característica de la persona (su ser racional) se puede afirmar que pensar es la acción que más nos libera, más nos hace nosotros mismos.

Y entrando en una noción puramente lingüística o si se prefiere de la filosofía del lenguaje encontramos el valor de la propia lengua.

El hombre racional se expresa, su definición biológica permite que tanto el cráneo superior como la mandíbula generen sonidos que inteligibles de forma deliberada, es decir, aprobada por un conjunto social (primariamente en la familia, que es donde se aprende a ser persona de modo original), permiten la comunicación.

Pero y qué hay de la lectura y la escritura. ¿Cómo se ha inventado esta forma, canal, del lenguaje? ¿bajo qué necesidad se suscita la grafía y su decodificación?

Pienso que es la necesidad de dirigir la palabra hacia la eternidad, la existencia de un espíritu que trascienda el mero presente la que nos ha gratificado con la escritura.

Así bien, es también el pensar el que nuevamente -como el propio lenguaje hablado- nos da la pista. Y se trata de un pensar que trasciende, por que cuando leemos, interpretamos algo que está fuera de lo material de lo escrito. Cuando escribimos trascendemos nuestro escribir, pues este tiene sentido, un sentido que no reside en las meras letras escritas sino que requiere de un espíritu trascendente, un espíritu humano que le confiera significado.

Y es que el significado de las palabras es algo que entra de lleno con lo que la filosofía viene diciendo. Necesitamos usar el lenguaje para comprender, queremos comprender para usar mejor el lenguaje.

Posteado por: kikoprieto | Octubre 7, 2009

Sobre la sutil diferencia entre intelecto y razón.

 

pensa

Me lanzo a escribir de nuevo sobre un aspecto puramente teórico que he estado gestando en las últimas semanas: hasta qué punto el hombre es un ser racional y no un ser intelectual, y si de alguna manera son sinónimos o no.

Partimos del supuesto argumental de que en efecto razón e intelecto son para la mayoría sinónimos puros. Podemos hablar de una identidad uno a uno. Mi cometido es mostrar que en realidad se tratan de dos conceptos análogos, es decir, no son sinónimos puros sino mixtos: se parecen en algo pero también son diferentes. Será por tanto importante fijarse en esa sutil diferencia.

El intelecto es lo que tiene el hombre, la razón es la herramienta del intelecto. Se puede ser muy racional y muy poco intelectual. La razón atiende a lo concreto y singular frente al intelecto que busca lo universal y general.

El ser humano conoce por ambos caminos. Por la vía racional emergen ciencias como la matemática o la física, fundamentadas en la lógica. Por la vía intelectual llegamos al conocimiento vital y al conocimiento argumental. También están basados en la lógica, pero en este caso de una lógica no procedimental sino esencial, es decir, en una lógica de lo real.

Por la vía racional no podemos llegar a la determinada causa final y eficiente, nos quedamos con la causa material y formal, de tal manera que no ahondamos más en el ser de lo conocido que por medio de los fenómenos, que nos muetran certeramente el noúmeno, en la llamada causa formal; el qué de la cosa.

Por la vía intelectual aprehendemos la cosa. Accedemos a la causa final y eficiente, de tal manera, que sin agotar el ser de lo conocido lo esencializamos en la realidad, es más, lo ubicamos en un “ubi” no físico, sino temático, metafísico.

A modo de conclusión, en el hombre de nuestros días, el hombre fruto de  un rancio racionalismo,  advertimos con mucha frecuencia un uso inequívoco de la razón, olvidandonos de que también existe el intelecto, un intelecto que nos abre al ser de un modo super-racional, es decir, que es más que racional.

 

Francisco Prieto

Entradas antiguas »

Categorías