El concepto de “siempre”.

 

 

         Qué difícil es para el hombre albergar en la mente conceptos tan complejos como “siempre”, “ahora” o “nunca”, ya que, por cotidianos que puedan parecernos, en realidad no existen salvo en otro terreno extra-material. Pese a que no por ello deja de ser real.

         El concepto de siempre es aquel que hace referencia a lo ilimitado, lo que no está acotado.

         Pregunta para matemáticos: ¿el tiempo está acotado? Según las últimas investigaciones, la cuarta dimensión, que es de índole temporal, no está acotada. Parece notarse que el concepto que se maneja de tiempo se ha convertido en algo muy extraño: ¿qué hay del paso del tiempo, de los años o del instante?

         Todo, absolutamente todo sucede en el tiempo. Nosotros podemos por tanto medirlo y establecer un antes y un después, pero, ¿un ahora?

         El ahora es demasiado especulativo. Por eso parece que el concepto clásico de simultaneidad no es válido. Lo simultáneo es, referido a un par o conjunto de cosas, lo que sucede en el mismo presente. Pero ¿existe propiamente el presente? Hemos de decir que sí existe, pero ¿podemos medirlo? En el sentido de la ciencia empírica no tiene sentido medir el presente.

         Algunos, los más hábiles del lugar, alegarán que podemos medir la infinitesimal variación de la línea temporal. Podemos aproximar el presente a una variación minutísima del tiempo. Pero no dejará de ser un intervalo, por pequeño que llegue a ser. Luego, si como parece medir el presente es una hazaña inútil, medir el nunca puede ser absurdo. Pero la palabra nunca la usamos bastante. Solemos decir que “nunca he visto llover así” o “nunca entenderé estas cosas”, parece, por tanto, que el nunca es más un concepto de originalidad propiamente humana.

         Pasemos al término “siempre”. Si hemos llegado a la conclusión de que medir el “presente” es tarea imposible y por extensión el “nunca” también, ¿qué podemos decir del “siempre”?

         Parece que visto lo anterior medir es algo así como acotar y cortar. Es sacar de su contexto real, a la realidad misma para definirla y tratar de conocerla.  Así entonces el “siempre” es inabarcable, inexpresable.

         Y ahora viene lo mejor. Sucede que hay un término semejante a “siempre”, que es aquel que llamamos infinito. No podemos hacernos cargo, por tanto, de en qué se diferencia algo que llamamos “siempre” de algo que llamamos “infinito”. Pero ambas cosas existen.

         Lo in-finito, es propiamente lo que no tiene fin. La clásica definición del tiempo, el medio entre los extremos, invita a entender el término infinito como excluido de lo temporal, entendido como lo eterno.

         Volvamos a la medición del tiempo. Parece necesario explicar cómo medimos el tiempo. La variación de las cosas. Hemos establecido una unidad mínima de tiempo que  coincide con la variación que se mide en el nº de desintegraciones nucleares de un átomo de Radio. Pero surge una pregunta más interesante todavía: ¿si el tiempo es por tanto una medición en base a una unidad inventada por el hombre, qué hay del “tiempo” real? Pudiera ser que aquello que hemos establecido como tiempo sea la mera expresión de nuestra mutabilidad. Aquello del cambio y del movimiento aristotélico se hace notar con especial interés, pues fue el sabio ateniense el que mejor resolvió el problema del movimiento.

         Y la respuesta fue la siguiente: “es necesario, por tanto, un motor inmóvil”. Si el tiempo absoluto en nuestra experiencia cotidiana no existe, pues vemos aquello que cambia, aquello que no es puro presente, ya que podremos ver los efectos del cambio pero no veremos el cambio puro al no poder ver o medir el puro presente. Vemos los efectos del cambio, y eso es que vemos lo cambiado como resultado. Y por tanto hemos de afirmar, no solo que el presente absoluto es incognoscible sino que también el cambio puro lo es, al no ser posible establecer el puro presente. Pero el puro presente y el puro cambio existen, y en sí mismos no son contradictorios. Es la solución aristotélica del dilema entre Parménides y Heráclito.

Vallamos al grano: si Dios es el motor inmóvil, necesariamente ha de ser, Él mismo, puro presente. Y es por eso que nos es tremendamente extraño expresar qué es Dios. Precisamente porque aquello que es Dios, no se parece en nada a aquello que estamos acostumbrado a ver. Pero tras esta reflexión vemos, no solo que necesitamos que exista, sino que de verdad existe, el problema está, por tanto, en nuestros ojos que no ven o que no están hechos para ver el presente sin el cambio. Vemos lo que cambia, pero sobre todo lo vemos cambiar, no vemos propiamente, lo cambiado.

 

Francisco Prieto Roselló (director y primer redactor de pedaleosymas)

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