Comentario al Babel, la torre.

En cierto sentido lo que en este post se ha vertido es un análisis de un hecho no histórico, que fue escrito hacia el año 600 a.C., es decir, unos 13.000 hipotéticos años después de que aconteciera dicho suceso. Con lo que hemos de ceñirnos, no a la literalidad material de lo narrado, sino más bien al significado formal de lo escrito.                 

En relación al problema que se plantea, si el hombre es esclavo de la tiranía de Dios, si la aparente debilidad de la naturaleza humana es fruto o no de las decisiones de Dios. A mi juicio hay al menos dos maneras de afrontar tal dilema.1º. El hombre es libre, la voluntad de Dios no es determinista. Es decir, lo que Dios quiera de nosotros, ya sea aparentemente bueno o malo, no nos obliga (compromete, pero no obliga). Que es analizar el tema desde la libertad y la perspectiva del propio hombre.               

 Cuando Dios aparentemente castiga a los hombres en Babel, no los castiga por acometer una empresa, aparentemente, contra la voluntad divina, por cometer un pecado, sino que son los propios hombres los que fruto de su libertad, que es una libertad natural, han provocado semejante desconcierto. Es el hombre el que se vuelve caótico con sus actos deliberados.2º. La evidencia de que Dios, que creó al hombre sin preguntarle si quería o no ser creado, no lo dejó a su suerte, sino que se preocupa de sus creaciones. ¿Puede una madre olvidarse del fruto de sus entrañas?, pues aunque ella se olvidase, Yo no me olvidaré de ti. Es un análisis desde el punto de vista divino. Dios que crea y las criaturas que se desenvuelven.                

En el post hay algunas cuestiones importantes que deben ser aclaradas por el autor, me remito a lo expresado: “Su hazaña fue aún más meritoria, pues organizaron su revolución sin guerra ni sangre, no destruyeron la creación de Dios, decidieron mejorarla y demostrar que podían auto- gobernarse. Fue una guerra de herramientas y no de armas, de creación y no de muerte.”               

No estoy de acuerdo en que la guerra planteada por el hombre a Dios sea una guerra de herramientas y de creación. Más bien es una guerra de silencio y de marginación. Es la desaparición del fenómeno divino (haciendo un claro hincapié en lo de fenómeno, sobre todo en sentido kantiano), perpetrado por la sociedad. Se puede decir que la “tiranía del Dios-Hombre” ha sido derrocada por la “tiranía del hombre-dios”. Es decir, que aunque pensemos que podemos estar indiferentes, y actuar de manera independiente a Dios (como si Dios no existiera), no somos capaces. El descubrimiento de Dios es tan abrumador y tan ilustrativo para la vida que no puede dejar indiferente.

No voy a caer en la tentación de hablar del progreso técnico opuesto al progreso interior, primeramente porque no los concibo separados, y segundo porque lo que el hombre puede llegar a ser se fundamenta en lo que de hecho ha sido. Al menos técnicamente hablando parece de sentido común, que sobre el aire o el vacío nada se construye. Para hacer algo en sentido real hace falta ser algo, y ese algo es tanto sentido técnico (corpóreo) como científico (inteligente).              

  Por otra parte, voy a darte la razón en unas cosas, la cuestión de la fraternidad y la cuestión de la paz. El hombre es un ser social. Hay una cierta realidad de comunidad, en clara contraposición a la idea de asociación, en la humanidad.            

    La común-unidad es la unión de varias personas cuya finalidad es precisamente las propias personas. Están por tanto organizadas y dirigidas al unísono hacia el mismo fin. Que es, en sentido pleno, la totalidad del grupo.                 

  Frente a esto se centra la idea de a-sociación, que haciendo uso de la etimología rápida es lo contrario a la sociedad, lo contrario a la socialización. En efecto, los intereses por los que vela una asociación son extrínsecos y secundarios, no les interesa ciertamente el bien de la grupalidad.              

   La idea de paz que esbozas es ciertamente la de la unidad y la de la cohesión. En un uso fácil de la idea de cohesión y de unidad entre las partes, de igual manera que para arreglar un juguete roto hace falta un pegamento que una las partes, entiendo que la humanidad social requiere de un cierto pegamento para la consecución de la afanada paz y consabida unidad. Y es en el concepto de fraternidad donde más claramente se expresa este pegamento. Si como la evidencia muestra el hermano (frater  en latín) es el que posee la misma sangre que el otro de quién es hermano, la humanidad posee esa sangre que es ese pegamento.                

Pues nada, que con esto termino.  

Kiko Prieto Roselló. Director del blog.

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